viernes, 26 de octubre de 2012

Lectura recomendada: Sionismo y Fascismo: El Sionismo en la Época de los Dictadores


Sionismo y Fascismo: El Sionismo en la Época de los Dictadores
Lenni Brenner
Bósforo Libros, 2010

«¿Cómo es posible que las víctimas del Holocausto se comporten con los palestinos de esta forma?» Esta pregunta, que mete el dedo en una llaga que genera perplejidad e indignación crecientes a escala global, descansa en una falacia ampliamente difundida y aceptada, que consiste en agrupar en una misma categoría («los judíos») a las víctimas de los nazis (los judíos) y a los verdugos de los palestinos (los sionistas). El presente trabajo de Lenni Brenner tiene la virtud, entre otras muchas, de disolver esa dramática y extendida confusión de identidades, de la que tanto partido han sacado –y continúan sacando– las sucesivas administraciones israelíes.

En la Europa de entreguerras y pese al acecho del antisemitismo, el sionismo era un movimiento político con poco peso entre los judíos, la mayoría de los cuales se consideraban –y eran– ciudadanos de sus respectivos países y no albergaban deseos de emigrar a Palestina. Fueron precisamente estos judíos ajenos al sionismo los que resultaron masacrados por millones en los campos nazis de exterminio; y fue la minoría sionista la que, guiada por sus convicciones etnonacionales, importó su visión racialista a Palestina para construir la comunidad chovinista y beligerante que sentó las bases pre-estatales de Israel y con la que se iban a encontrar, tiempo después, los primeros supervivientes de la Shoá que arribaron a las costas del inminente Estado israelí, esa entidad transfronteriza (para los judíos) y omnifronteriza (para los palestinos) en la que el sionismo es el propio Estado y su negación, por tanto, anatema nacional.

Apoyado en una abrumadora exposición documental, Brenner analiza las principales líneas de pensamiento y actuación sionistas en la Europa de las primeras décadas del pasado siglo. Una montaña de evidencias textuales nos descubre las profundas afinidades ideológicas entre el movimiento nazi y el movimiento sionista de entreguerras, que no sólo renunció a combatir al nazismo en auge, sino que pactó con él para vaciar Europa de judíos, objetivo abiertamente compartido por ambos movimientos antes de que los nazis se decantaran por la «solución final». Obviamente, los sionistas no deseaban el exterminio de los judíos, «tan sólo» su éxodo a Palestina, donde esperaban construir un Estado étnicamente «puro» para su comunidad. Cuando vieron que su pacto con el diablo conducía a los hornos crematorios ya era demasiado tarde.

En su afán por proclamar el reino del «superhombre» hebreo en Palestina, numerosos judíos sionistas participaban de una visión aterradora de los judíos de la diáspora, a los que no consideraban dignos de las sociedades en las que vivían. Este «cereal para los molinos de la propaganda nazi» se resume bien en las siguientes palabras de Chaim Weizmann, uno de los tres grandes del panteón sionista, junto a Ben Gurion y Herzl: «Cada país puede absorber solamente un número limitado de judíos, si no quiere desórdenes en su estómago. Alemania tiene ahora demasiados judíos».

Tras la lectura de este libro, conviene subrayar que los fundamentos del Estado hebreo, que hoy perviven llevados al paroxismo de la indecencia, no se deben a los refugiados del Holocausto, sino a los ideólogos sionistas que los precedieron y que impusieron en Palestina un proyecto político deudor, en gran medida, de la misma filosofía xenófoba y antisemita en la que se incubó el huevo de la serpiente nazi. Antes de rendirnos a una visión superficial y preguntarnos, entonces, por qué las víctimas se convirtieron en verdugos, echemos un vistazo al tablero devastado de la historia, que determina con precisión sobre qué ruinas yacen las unas y se levantan los otros.

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